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Tlatleolco herida que sigue abierta

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Juicio a Luis Echeverria y sus cómplices

Manuel Aguilar Mora. Publicado en Umbral, No,25, marzo-abril, 2002

Una de las pocas consecuencias positivas de la derrota priista del 2 de julio del 2000 ha sido una visión retrospectiva más crítica de los medios al largo reinado del priato. Muy tardíamente, es cierto, pero poco a poco se están abriendo fuentes de informa­ción oficiales sobre la historia priista, la cual incluye la historia de sus crímenes. El ambiente político permite más liber­tad para que los que tengan algo que mostrar o decir lo hagan y, last but not least, el propio gobierno de Fox está in­teresado en evitar un regreso del priismo y ha abierto también puertas para cono­cer la verdadera trayectoria histórica del mismo. El límite para el foxismo es el que le imponen las necesarias garantías para mantener en pie al régimen, del cual usufructúan tanto su propio parti­do, el PAN, como el PRI y, por supues­to, el PRD, para no hablar de las fran­quicias políticas menores.

 

Lo anterior es en especial notorio en lo que respecta al hecho que posible­mente se yergue como el de la mayor infamia de la larga estela de crímenes del priismo. Se trata por supuesto, de la masacre de Tlatelolco de 1968. A fina­les del año pasado la revista Proceso pu­blicó unas fotografías inéditas de algu­nos detenidos en la Plaza de las Tres Culturas aquellas infaustas tarde, y no­che del miércoles 2 de octubre de 1968. Entre ellas destacaba la de un joven desnudo hasta la cintura con el imagen de la tortura pintada dramáticamente en su rostro. Era Florencio López Osuna, el primer orador del CNH en el fatídico mitin de ese día y después encarcelado durante tres años en Lecumberri con decenas de sus compañeros. Estas fotos causaron sensación no sólo nacional sino internacionalmente y el halo de trage­dia que llevaban se ensombreció aún más cuando López Osuna apareció muerto un frío día de diciembre en un hotelucho del centro de la ciudad de México.

 

Nuevos testimonios macabros  

 

Para nosotros, los veteranos de esa noche cauterizaba nuestra memoria de testigos del horror que se desplegó  impunemente frente a nosotros durante toda una noche en pleno centro de la enorme ciudad de México, parecía que no había nada más que agregar al océano de palabras que se ha vertido desde entonces y que escueta pero efectivamente Elena Poniatowska plasmo en el libro La noche de Tlatelolco, cuya primera edición se publico en 1971, y que con sus posteriores múltiples ediciones (cuyos tirajes suman más de un millos de ejemplares) se ha convertido  desde entonces en un testimonio indeleble del imaginario democrático y popular de México. Nuestra memoria cauterizada de ese día, cuando se retrataron en ella los hechos sangrientos desde el balcón más  alto del ala norte del Chihuahua, siempre nos dijo que la matanza de Tlatelolco  había sido un crimen impune, cometido a sangre fría y en el cual había habido cientos de víctimas. Muchos testimonios posteriores lo corroboraron hasta la saciedad. Hoy, nuevas evidencias insisten en la ratificación de esa concepción del horror de la noche tlatelolca y nos reafirman en lo que ya sabíamos e incluso nos llevan mas allá de lo que creíamos ya sabido.

 

A mediados de febrero pasado, durante cuatro días consecutivos (del 11 al 14), el universal, uno de los diarios de la ciudad de México con mayor circulación, publico un amplio reportaje centrado en doce fotografías que desde hacia más de 33 años estaban en poder de su redacción. La dirección de este importante medio de la prensa nacional había guardado esta fotografías, obviamente respetando la censura que le imponían los presidentes priistas. Eran fo­tografías inéditas espeluznantes de al­gunos de los cadáveres de jóvenes (mu­chos de ellos casi niños), hombres y mujeres masacrados por el ejército mexi­cano que se encontraban la noche del 2 de octubre en unas oficinas delegacionales de la calle de Mosqueta en la colonia Guerrero.

Cuerpos destrozados por bazukazos, bayonetazos, disparos de tiros de gracia y multitud de señales macabras que eran como mudos pero elocuentes testimo­nios, al mismo tiempo, de la barbarie desatada por el gobierno de Díaz Ordaz contra el movimiento estudiantil-popular de 1968.

El reportaje además de las terribles fotografías se complementaba con un amplio despliegue periodístico que incluía desde una patética entrevista al ex presi­dente Miguel de la Madrid hasta las his­torias de los fotógrafos del diario que cubrieron ese día la tragedia tlatelolca, pasando por informaciones sobre las repercusiones directas de la matanza en la Iglesia católica y los testimonios del célebre escultor Sebastián, quien como estudiante, apodado El Chihuahua, fue participante del movimiento y estuvo detenido quince días en el Campo Mili­tar núm. 1 después del fatídico día

 

La matanza fue masiva

 

¿Cuántas fueron las víctimas de la matanza? Desde el mismo día de la masacre comenzó la confusión delibe­radamente expandida por el gobierno de Díaz Ordaz. La cifra oficial que fue pu­blicada en los diarios en la mañana del 3 de octubre fue de "no más de 40 muer­tos, incluidos soldados" Poco después la cifra se duplicó en los comentarios e in­formaciones que se publicaron en los días posteriores. Nunca se pudo escribir y pu­blicar en la prensa de esos días (la TV todavía no era el medio de comunica­ción prioritario que es hoy) que las vícti­mas se contaban por cientos. Cientos en efecto eran las víctimas tal y como muchos pudimos apreciar ese día cuando vimos la enorme cantidad de personas que yacían postradas en la Plaza de las Tres Culturas, después de la primera embestida del ejército ocurrida a partir de la célebre luz de bengala verde, arrojada por el heli­cóptero que sobrevolaba el mitin, a las 18.20 hrs.

Muy pronto se volvió una eviden­cia en los medios democráticos de oposición considerar al número de víctimas de la represión del 2 de oc­tubre en cientos de víctimas. Desde entonces la cifra que se daba a "ojo de buen cubero" como se dice popu­larmente, era de alrededor de 300 muertos, incluidos soldados. A veces esta cifra era aumentada a 400 o dis­minuida a 250, por ejemplo. Así lo consideraba yo mismo, que siempre dije que mi impresión era de que habían sido masacradas entre 300 a 400 personas. Prácticamente era una verdad ya consagrada que habían sido obviamente más de 40 muertos.

Los testimonios publicados por El Universal más que ratifican lo anterior, incluso más, permiten reconocer como conservadoras las cifras anteriores. Los fotógrafos del diario (uno de los cuales, ya fallecido, fue el autor de las doce te­rribles fotos publicadas) que estuvieron activos ese día en la Plaza de Tlatelolco y en los lugares a donde fueron llevados los cadáveres, (oficinas delegacionales, el Hospital Rubén Leñero y el Servicio Forense) hacen escalofriantes declaracio­nes. Las cientos de fotos tomadas ellos, la docena de fotógrafos encargados de "la nota" de ese día, según sus declara­ciones, incluían cadáveres de niños des­figurados por las balas, de personas con bayonetazos en la espalda, mujeres y hombres del pueblo, vecinos o que pasa­ban por el lugar, que encontraron la muerte. Las razzias que decenas de agen­tes de la Secretaría de Gobernación hi­cieron esa noche en todas las redaccio­nes de los diarios de la ciudad, no deja­ron una sola foto para ser publicada. El rollo revelado con las doce fotos men­cionadas se salvó porque su autor lo arro­jó deliberadamente en un bote de basura que inadvertidamente no fue registra­do por los guaruras.

Uno de los fotógrafos, Eugenio Álvarez, se dirigió al Servicio Forense y recuerda lo siguiente: "Llegaban camio­netas blancas llenas de cuerpos desnu­dos. Y ya se empezaba a juntar la gente buscando a sus familiares. Toda esa ma­drugada hubo enormes filas de carro­zas. Yo he de haber visto más de 500 cadáveres, todos muertos por bala". ¡Más de 500 cadáveres!

¿Qué podemos decir de personas que, como Luis González de Alba siguen in­sistiendo en que no hubo "más de 40 muertos" como quería Díaz Ordaz? Que a pesar de que es el autor de uno de los mejores libros sobre el movimiento estudiantil-popular, del cual él mismo fue dirigente reprimido precisamente ese día y encarcelado en Lecumberri durante tres años, sin embargo la erosión de las ex­periencias vitales lo han convertido hoy, como a tantos otros, en una pálida y patética sombra de sus mejores años. Para él hablar de "cientos de cadáveres es una exageración" como lo reitera en la en­trevista que le hacen en el reportaje. ¿Por qué? Según él, "porque ninguno de mis amigos o conocidos fue muerto esa noche" (¡sic!). Pero es que los miem­bros del CNH, al cual pertenecía, fueron rápidamente detenidos y apartados en el propio balcón en que se encontraban, mientras la ma­tanza se daba abajo en la Plaza. De la Madrid no supo nada Como se señaló, el reportaje incluye una entrevista con Miguel de la Madrid, quien hizo una serie de declaraciones que fueron una mezcla de cinismo y estupidez. Según él, cuando fue presidente le "negaron información" sobre la ma­tanza de Tlatelolco, por lo cual no pudo aclarar los acontecimientos del 2 de octubre de 1968. De la Madrid fue, según su propia ver­sión, un presidente que no contro­ló a su propio ejército, ni a los apa­ratos policiacos de su Secretaria de Gobernación, en donde se encuen- " tran, según la declaración del camarógrafo de Servando González, decenas de miles de pies de la cinta fílmica que Echeverría le ordenó a éste filmar de todo lo acontecido en la plaza, colocado en uno de los balcones del edificio contiguo de Relacione Exte­riores desde las cuatro de la tarde hasta la madrugada del día siguiente. Los ro­llos se encuentran en dichas oficinas, pues Luis Echeverría, secretario de Goberna­ción durante el gobierno de Días, Ordaz, explícitamente les conmi nó a que le entregaran "hasta el último cuadro" de la mencionada cinta fílmica de los acontecimientos.

Por supuesto que las declaraciones de De la Madrid no son dignas de con­fianza en ningún aspecto, pero sí mues­tran que el mencionado ex presidente quiere zafarse de la responsabilidad que le corresponde como encubridor de sus antecesores. Él como López Portillo, Salinas de Gortari y Zedillo, son culpa­bles por omisión. Y el propio Manuel Bartlett, quien fuera su secretario de Go­bernación, se encargó de ridiculizar a su ex jefe, cuando comentando las de­claraciones anteriores, afirmó que "nunca De la Madrid le pidió información so­bre lo sucedido el 2 de octubre"

El enredo de Fox          

Pero Fox se enreda cada vez más tam­bién. Queriendo pintar su raya con los crímenes priistas del 68 y los que les siguieron el 10 de junio de 1971 y en la lucha contra los grupos guerrilleros en los años setenta, ha propuesto una co­misión para que los investigue. Esta es la fiscalía especial encabezada por Ig­nacio Carrillo Prieto, encargado de hin­car el diente en los hechos del 2 de oc­tubre y los que les siguieron. Para tal efecto ha comenzado a recopilar infor­mación e incluso familiares de desapa­recidos, como los de Ignacio Salas Obregón, se han acercado a él para pre­sionarlo y exigirle que aclare el destino de sus seres queridos.

Pero el propio secretario de Gober­nación ha declarado que la PGR debe ser la encargada de investigar "a fondo" y para ello señaló que la instancia sería la "fiscalía encargada de investigar los delitos cometidos por servidores públi­co" En suma, un embrollo burocrático como es costumbre que pase en casos parecidos en el gobierno.

Con sus marrullerías acostumbradas, pretende Fox salir al paso a la demanda nacional cada vez más fuerte y estentórea que exige castigo a los culpables del ge­nocidio de Tlatelolco, del 10 de junio y de la mal llamada "guerra sucia" de los años setenta. Los casos de Pinochet y de los generales argentinos, así como el actual de Milosevic juzgado por los crí­menes de guerra en Bosnia y Kosova, son antecedentes que están allí presen­tes para que parecidos juicios se desa­rrollen en nuestro país contra el ex pre­sidente priista Luis Echeverría, sin duda alguna el responsable más importantes de los acontecimientos macabros de 1968 después de su jefe inmediato, el ya di­funto ex presidente Días Ordaz. Y se continúe con todos sus cómplices y se llegue a esclarecer los crímenes priistas más recientes como el de Acteal.

El esfuerzo que hacen antiguos líde­res del 68, en especial el que encabeza Raúl Alvarez Garín, para que se diluci­de a cabalidad la provocación asesina diazordacista que produjo la tragedia del 68 y se castigue a los culpables, es digna de encomio y la apoyamos. Pero no nos cansaremos de repetir que el régimen actual no podrá jamás "llegar a fondo" y castigar a los culpables de ese y los demás crímenes priistas cometidos pre­cisamente para preservar al sistema ac­tual. Serán sólo las masas populares las que tengan el poderío suficiente para lla­mar a cuentas a los criminales priistas y a sus cómplices, incluidos los actuales panistas en el poder.

Ya desde el mismo año de la trage­dia de 1968 se sabía la apuesta histórica del movimiento revolucionario y demo­crático de México. El compañero José Revueltas lo decía muy bien desde su celda de Lecumberri en su "alegato de defensa" de 1969:"el Presidente Díaz Ordaz procedió criminalmente al recu­rrir al ejército para lanzarlo contra el pueblo en la matanza de Tlatelolco. El criminal que debe sentarse en el ban­quillo de los acusados es el Presidente Díaz Ordaz y así lo declaro aquí de un modo público" (José Revueltas y el 68, UNAM, 1988). Y acompañándolo, todo estudiante sabía, deberían estar junto a él Luis Echeverría, el secretario de Go­bernación, García Barragán, el secreta­rio de Defensa Nacional, Corona del Rosal, regente del D.F y demás funcio­narios del sexenio diazordacista. Mas todos ellos fueron protegidos y encubier­tos por los gobiernos siguientes.

Para juzgar y castigar a los crimina­les en el poder en 68 y a los de la actua­lidad se necesita un pueblo en lucha por sus intereses históricos más caros, con un programa antiimperialista y anticapitalista y dirigido por un partido o una coalición de partidos independien­tes, democráticos, de trabajadores e internacionalistas. Sólo con la realiza­ción exitosa de estas tareas se hará la justicia que el pueblo mexicano exige con toda razón a las miles de víctimas de los crímenes de estado que ha habi­do en nuestro país en los últimos cincuenta años.

 

Unidad socialista #51 (descargar PDF)

Cuales la posición de los revolucionarios ante el PRD. Debate entre Jose Luis Hernadez Ayala(SME) y Jaime Gonzalez(LUS)

Exigimos la presentación con vida y en libertad de los detenidos-desaparecidos del EPR; Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez. Así como de todas y todos los presos políticos y desaparecidos del país.

¡Vivos se los llevaron vivos los queremos!

Unidad socialista 51

 

dsfs