Liga de Unidad Socialista |
Liga de Unidad Socialista es una organización marxista revolucionaria que ayuda al proletariado y sus aliados a abolir el mal gobierno.
¡Forjar un partido de la claclase trabajadora!
jJuramos vencer y venceremos!
La importancia de comprender la revolución rusa (respuesta a Enrique González Rojo y el manifiesto autogestionario) Manifiesto autogestionario Por Enrique González Rojo Introducción No se puede ser optimista si no se tiene otra visión que la del corto plazo. Si se observa que el capitalismo globalizado genera y seguirá generando su sepulturero potencial, la esperanza surge con la posibilidad de lograr un modelo político, económico y social, capaz de desplazar al actual. El escepticismo es inmovilizador. El régimen se beneficia de ese escepticismo. Es innegable que, entre la fase actual del capitalismo y un modo de producción autogestionario existe una enorme brecha que es necesario librar. El sistema capitalista al globalizarse tiende a la mundialización, el proletariado nuevo y viejo que esa tendencia genera podría ser, bajo ciertas condiciones, el sujeto histórico de la destrucción del capitalismo y de la construcción de un modelo autogestionario.
El capitalismo no sólo genera su sepulturero potencial sino también las razones y motivos para desintegrarse del sistema y luchar contra él. El movimiento actual no nace de cero, hay multitud de experiencias del pasado que conviene poner al día. Es necesario plantear una teoría que esclarezca la vía para la humanización del hombre. A. Revolución y reforma
Una revolución no es forzosamente violenta, aunque implica el tránsito de un modo de producción y de vida a otro. La vía pacífica no puede ser, pues los intereses creados y el cerco inexpugnable que tienden en torno al poder, se oponen a ello. El proceso electoral tiene un cálculo bien definido en el aspecto ideológico que impide que se instale un modelo contrario al de la economía de mercado. A su vez, la educación masiva requiere de recursos económicos que tendrían que provenir del Estado y este último no podría financiar una práctica educativa contraria al aparato político-administrativo dominante.
La ruta bélica tampoco resulta viable. Imponer la emancipación a la sociedad sería una forma heterogestionaria: la aparición de la descarnada política de intereses específicos y grupales. La vía pacífica es preferible a la violenta, pero es posible si y sólo si se está preparado para esta última. El capitalismo globalizado no está dispuesto a ceder el poder pacíficamente. Es posible crear poco a poco y de manera continua un contrapoder que en su pugna por la emancipación no siga los caminos tradicionales de una vía pacífica carente de la infraestructura material que le permita imponerse o de una vía violenta sin el imaginario que la conduzca a la aprobación consensual. Nuestra propuesta es coadyuvar a la emergencia del nuevo sujeto en lucha del contrapoder que “imponga”, por obra y gracia de su materialidad, la vía pacífica. La revolución tiene que ser diferenciada de la reforma. Mientras esta última es una modificación progresiva, la primera entraña un cambio de esencia. La revolución de la que hablamos no excluye la reforma. Existe la reforma como fin y la reforma como medio. La reforma de la que hablamos es una reforma revolucionaria. Este reformismo revolucionario lucha por reformas que se vinculan o se abren a la revolución. Pensamos que puede haber un proceso revolucionario anticipativo. Creemos que se puede empezar la revolución antes de la revolución.
B. Contrapoder
La fuerza social que servirá de sustento al contrapoder es el proletariado. Con este concepto se alude a todo el trabajo asalariado que se gesta en la sociedad capitalista moderna. La teoría del valor se ha generalizado de forma que la plusvalía y la explotación se han propagado a todas las esferas de la economía. En el término de nuevo proletariado se incluye a todo aquel que no es dueño de sus fuentes de trabajo. Así, se incluyen actividades que exceden al antiguo proletariado industrial: meseros, secretarias, prestadores de servicios…
El soporte mayoritario de la que suele denominarse sociedad civil no es otro que el nuevo proletariado dentro del cual queda incorporada la clase obrera tradicional. El capitalismo expandido y concentrado se haya, por consiguiente, en un proceso acelerado de creación de su sepulturero, al que se suman las estructuras polares no clasistas de desocupados parciales y de marginados permanentes.
C. El enemigo
Los enemigos del sepulturero se encuentran dentro del mismo capitalismo, ya que éste se ha movido a través de toda su existencia mediante el mecanismo de la concentración y centralización del capital, esto es su reproducción ampliada. Lo que da cuenta de la formación de monopolios, monopsonios, oligopolios y capitalismo monopolista de Estado. El imperialismo financiero constituyó asimismo una etapa crucial del sistema, sin embargo creemos que el imperialismo no es la fase superior del mismo sino un carácter inherente a él. La fase superior del capitalismo se inicia con la globalización.
Existe un imperialismo globalizado encarnado en las trasnacionales que se encuentran mediatizadas por el régimen económico-militar de EE. UU. La fase superior del capitalismo es su mundialización. La globalización es la fase primera y la transición hacia la mundialización del capital. En la mundialización se excluye en lo fundamental todo mercado interno al sistema; en él el mundo en su conjunto se convierte en el mercado interno del capitalismo.
En la economía empresarial dominante, la burguesía aparece como el primer enemigo que tiene frente a sí el nuevo proletariado. Mientras el nuevo proletariado de cada país tiene en el capital globalizado a su enemigo común.
La Tercera Guerra Mundial es por desgracia posible. La causa esencial de las guerras modernas lejos de debilitarse, se ha extendido y profundizado. Una Guerra Mundial dentro del capitalismo mundializado implica la aparición de bloques, ya que este capitalismo despliega la paradoja de dos movimientos antitéticos: la expansión (tendiente a la mundialización) y la retracción (integradora de los bloques).
Una parte importante que dificulta la creación del sepulturero y del nuevo proletariado es que éste ignora lo que es, desconoce su condición de explotado, carece de conciencia de clase. A diferencia del proletariado industrial, el proletariado de servicios, las enfermeras de los hospitales, los burócratas, etc., no se saben vendedores de su fuerza de trabajo (manual o intelectual) y generadores de plusvalía. El nuevo proletariado deberá pasar del desclasamiento al enclasamieto y de ahí a la lucha socialista y la lucha social a ella aparejada.
Aunque podemos agrupar a los proletarios como aquellos que venden su fuerza de trabajo, no todo proletariado se encuentra en las mismas circunstancias. Existe un proletariado material y un proletariado intelectual. Mientras el proletariado material se encuentra por completo desposeído, el proletario intelectual es dueño de los medios intelectuales de la producción, esto es, información, metodología, conocimientos derivados de la experiencia. Podemos utilizar el concepto de frente salarial, para abarcar los dos tipos de trabajo asalariado (intelectual y material).
El concepto de sociedad civil, como se puede ver, es un concepto confuso y alude a un complejo de clases. Tal concepto se define solamente como el contrario de la sociedad política y entran dentro de éste el proletariado (viejo y nuevo), la clase intelectual y la burguesía nacional.
El régimen capitalista es ternario y polivalente. Al decir ternario nos referimos a la diferencia entre trabajo intelectual-trabajo manual, que conforman el trabajo asalariado, a su vez contrapuesto con la burguesía. Como ha ocurrido históricamente, al derrotar al capital mediante un proceso revolucionario, el trabajo elevado al poder no es una clase social homogénea, sino un complejo de clases, un frente laboral en donde el trabajo intelectual sojuzga al manual, lo que implica sólo la sustitución de una clase dominante por otra: la intelectual, de donde surge la tecnoburocracia y la tecnocracia. Además de esta división ternaria, el capitalismo se halla conformado por estructuras polares, que aunque están relacionadas con las clases sociales antes mencionadas, poseen cierta autonomía y mantienen una especificidad propia. Algunas de estas son: de género, generacionales, de poder, de geografía política, de preferencia u orientación sexual, étnicas, religiosas, etc. Todas estas polaridades se hayan vinculadas a la lucha de clases, además de formar un entramado de relaciones entre ellas mismas.
El capitalismo en su fase globalizada está conformada, pues, de explotados (contradicción clasista) y por humillados y ofendidos (contradicciones no clasistas).
Orientación de la lucha
Para hablar de formas de lucha es necesario considerar el partidismo, la teoría leninista, etc. Creemos que hay elementos para rechazar la idea de un partido político como vanguardia del proletariado, por las siguientes razones: su carácter verticalista (heterogestionario), los dirigentes reemplazan a la base poniendo de relieve el papel de la clase intelectual, la arrogancia del “intelectual orgánico” del proletariado, su integración al sistema capitalista emanada de su imposibilidad teórica o política de crear un sistema que trascienda el capitalismo y su incapacidad para vislumbrar un socialismo que no sea el dictatorial y tecnoburocrático como el de la URSS, de los privilegios económico-políticos que forman parte del carrerismo político, en que los partidos operan, como bolsa de trabajo.
La destrucción del capitalismo no implica la construcción del socialismo. La alternativa a un partido de destrucción no puede ser un partido de destrucción-construcción ya que una organización encargada de destruir el capitalismo y construir el socialismo no puede ser un partido, por las razones antes mencionadas, sino que tiene que ser un Contrapoder. Esta organización no puede ser otra que una red confederada, y organizada políticamente, de comités, consejos o comunas autogestionarias.
Todo partido implica la división no sólo horizontal sino vertical; mantienen una forma jerárquica de organización. Los partidos comunistas se disponían a “socializar” las condiciones materiales de la producción y no les pasaba por la mente la idea de subvertir la división del trabajo. La clase intelectual es, respecto a la manual, producto de esa división vertical del trabajo.
Si un partido político se encuentra imposibilitado para subvertir la división del trabajo se ve en la imposibilidad de coadyuvar a la formación del modo de producción autogestionario.
D. De la célula al tejido
Mientras la resistencia no se globalice, habrá siempre una lucha desigual y el sepulturero no podrá ascender, vía el contrapoder, a la condición de sepulturero real de la Nueva Internacional de los trabajadores en lucha.
Se tienen que dar condiciones: la conciencia de clase, la organización del nuevo proletariado. La forma de organización que a nuestro entender, le conviene asumir a la sociedad civil, es la Red. Tal tejido de comunidades parte de una unidad llamada cesinpa (célula sin partido). Cada cesinpa hallará en la autogestión la guía para agruparse y luchar. La forma más elemental para definir la autogestión es la siguiente: consiste en autoorganizarse y autogobernarse. La cesinpa es, pues, un comité que llamamos célula, pero que no forma parte de un partido sino de una red y se autoorganiza alrededor de una tarea. La cesinpa, se ve en la necesidad de volver continuamente a la revisión de su tarea, para no perder el elemento cohesionador y perfeccionarlo. Tal elemento o tarea es la razón de ser de cada cesinpa, es el reflejo de anhelos, necesidades e intereses colectivos e individuales creados por el propio capitalismo, generando así, no sólo a su sepulturero histórico sino también la tendencia universal a la organización multiforme de las personas. Las víctimas sistemáticas del atropello, tarde o temprano deberán abrir los ojos para dejar poco a poco el individualismo para ver que no hay otro camino que el de la solidaridad combativa para hacerle frente a las iniquidades del sistema y al propio sistema en cuanto tal.
Tales vínculos de carácter reformista llevan necesariamente una orientación revolucionaria en el intento de convertir al frente asalariado y otros sectores de la sociedad en el Contrapoder globalizado que imponga a sus enemigos la transición pacífica hacia el socialismo de la autogestión.
Mientras la célula de partido es organizada desde fuera y desde arriba, la cesinpa no surge de la iniciativa organizativa de un partido político sino de la decisión de un grupo de personas de llevar a cabo, de un modo colectivo, una tarea o conjunto de tareas. La célula (de partido) se organiza o es organizada, la cesinpa se autoorganiza. Al autoorganizarse sabe que ha de autogobernarse. Una cesinpa, no puede adherirse después a un partido, a una iglesia, en el momento en que lo hiciera se convierte en una célula “dirigida por”. Para evitar la posibilidad de caer en prácticas heterogestionarias y otros problemas que puede enfrenar una cesinpa, hay que sumar un elemento más a la autoorganización y el autogobierno: la autovigilancia.
La cesinpa deberá tener además, la tarea de ser promotor de la idea de la autogestión, de generar el sepulturero histórico, para que los movimientos sociales no sean, espontáneos y las movilizaciones no sirvan únicamente como válvula de escape de una energía revolucionaria que no debería perderse absurdamente.
Manifiesto autogestionario (segunda parte)
Por Enrique González Rojo
A continuación, Umbral tiene el agrado de publicar la segunda parte de un texto enviado por nuestro amigo Enrique González Rojo. La primera parte apareció en nuestro número anterior.
E. La democracia centralizada
La conformación de una red de cesinpas es una condición necesaria, pero no suficiente para la gestación del sujeto de lucha. Éstas habrán de unirse unas con otras hasta formar una red, como las células lo hacen hasta constituir un tejido, pero de manera que superen al partido comunista como éste superó a las formas artesanales, economicistas y espontaneístas de lucha. Existen dos manera de organizar los agrupamientos políticos: a) de arriba abajo y del centro a la periferia y b) de abajo arriba y de la periferia al centro. La democracia organizada no es una mera inversión del centralismo democrático, es una nueva forma de concebir la organización, diseñada a partir de una franca ruptura con el centralismo democrático. Un centro que, pensado por la base (y las masas) tira línea, fija disposiciones, emite órdenes. Como producto de una democracia que se centraliza, éste se caracteriza por convertirse en el ámbito en que la cantidad, sin dejar de serlo, se convierte en calidad. Su fundamento: la libre asociación de las comunidades. La tesis de la democracia centralizada se pronuncia a favor de un federalismo-con-centro, una libre asociación de comunidades que genera un centro-expresión, un convenio que se caracteriza por el “mandar obedeciendo”. Las comunidades que no superan su autonomía absoluta hacia una relativa no pueden gobernarse como partes de un todo. La autogestión de la que se habla no es una mera agrupación de trabajo, sino una organización de combate. El problema reside en cómo bloquear permanentemente la tendencia natural de ese centro a la suplantación. El “mandar obedeciendo” debe significar, ir de la base a la base. Ser centro significa aquí que la democracia le ha dado a un comité de representantes que funge como centro-expresión, un poder de decisión obligatorio para toda la red. Para garantizar este “mandar obedeciendo” hay que tomar en cuenta: 1. que no haya congresos electivos; 2. que los representantes a todo el centro-expresión puedan ser removidos por sus representantes en cualquier momento; 3. que no se olvide nunca el peligro que acarrea la clase intelectual y su tendencia natural a diferenciarse de y contraponerse a la base; 4. que haya una rotación de cuadros planeada. En una red organizativo-política, la organización debe asumir la democracia cognoscitiva en dos sentidos: 1. mediante la representación escalonada por instancias basada invariablemente en el conocimiento del compañero o compañeros elegidos; y 2. mediante congresos deliberativos y resolutivos que hagan a un lado la lucha por el poder encarnada en el carácter electivo que de común tienen dichas asambleas. Para salir al paso de la concepción tecnocrática de la autogestión no sólo hay que combatir a la heterogestión en su doble modalidad (externa e interna), sino asociar de manera esencial dos grandes nociones: autogestión y revolución cultural, ésta última como pugna por impedir, en largo y constante proceso de educación política, que se perpetúen en ella ciertos dirigentes frente a los dirigidos. La rotación de cuadros no debe obstaculizar la continuidad de gestión de los centros coordinadores. La disciplina propia de la autogestión es la autodisciplina; los individuos que deciden autoorganizarse y autogobernarse tienen que autodisciplinarse. La autogestión de la sociedad se construye en y por la autogestión individual; pero también lo contrario es cierto. Las decisiones de un centro-coordinador se cumplen porque implican un compromiso racional y afectivo del individuo con la organización de la que forma parte. El convenio de la democracia con el centro implica el acatamiento de lo que puede parecer dudoso o incorrecto, porque ello es fundamental para la acción unitaria que requiere una organización que pretende jugar el papel de sujeto de cambio dentro de la compleja situación de la lucha de clases.
F. Sobre el romanticismo económico En los días que corren, la economía clásica (Adam Smith y David Ricardo) ha dejado prácticamente de existir. La economía neoliberal y capitalista carece de toda objetividad, de toda maleabilidad científica para conocer la naturaleza de la fase superior del capitalismo. En la actualidad no sólo el capital se encuentra globalizado, sino que ocurre otro tanto con la economía vulgar (Say, Batiast, Stuart Mill). La teoría económica al uso, y tendiente a la mundialización, no es más que un complejo dispositivo para justificar, extender, apuntalar, proteger el sistema de explotación universal que envenena a los pueblos. En cambio, la economía que más frecuentemente hace acto de presencia en el sujeto histórico es la romántica. Se entiende por economía romántica no sólo aquella que cree ver la superación de los conflictos en la vuelta al pasado (Sismondi y los populistas rusos) sino también la que supone que la solución de los mismos se halla en un futuro surgido al margen del presente (los socialistas utópicos). Esta economía se manifiesta en dos grandes tendencias: los románticos del pasado y los del futuro. Su común denominador consiste en un intento de reconformar el sistema productivo y la organización social al margen de la formación capitalista. Los llamados antiglobalizadores (o globalifóbicos), en cuanto a sus opiniones económicas, no son otra cosa que una modernización de este romanticismo económico, que muchas veces resulta ser el anclaje teórico de la ideología de la burguesía nacional en decadencia. Aunque la estrategia de la autogestión consiste más en luchar contra el capitalismo globalizado buscando la aniquilación del régimen del salariado, la economía mercantil y la anarquía de la producción, la táctica de la lucha recomienda no menospreciar aquellos embates que ayuden a sentar progresivamente las bases para la revolución anticapitalista. La afirmación del carácter irreversible de la globalización capitalista, no significa darle la razón a los globalifílicos, capitalistas sin más, enemigos de los trabajadores y amigos de la economía de mercado. Con la mundialización del capital se lucha también porque devenga la premisa de la globalización del contrapoder. El capitalismo globalizado no sólo está creando el proletariado universal, y a los humillados y ofendidos, sino las razones por las cuales los individuos, los grupos y las clases expoliados deciden organizarse (creando las cesinpas adecuadas para ello) para luchar contra el sistema opresor. La oposición anticapitalista mundial no podría realizarse sin esta gestación de las víctimas del capital. El surgimiento del contrapoder implica, entonces, no sólo tomar en cuenta el aspecto cuantitativo de las víctimas, sino el cualitativo representado por la conciencia de lucha, la organización, la claridad estratégica, etc.
G. La nueva organización y sus tareasLa lucha por superar al capitalismo global-mundializado exige una nueva organización, una autoorganización; una agrupación autogestiva de combate que se distinga de las otras en y por sus principios políticos, su forma organizativa y su concepción de la vida. Las organizaciones tradicionales son en realidad obsoletas y decadentes. En cambio, las organizaciones autogestivas tienen a la historia de su parte porque nacen conscientemente no sólo con autonomía respecto al poder, sino con la intención de hacerle frente. Tenemos, sin embargo, partidos para rato así que la verdad es que en determinado momento, coexistirán los partidos y la autogestión combativa hasta que la organización de combate logre la hegemonía del proceso de lucha. Una organización autogestionaria no es la vanguardia o el jefe político de nadie. No “tira línea”, no ordena sino que intenta ganar al mayor número posible de personas con sus planteamientos. En una organización autogestiva los dirigentes no sustituyen a las bases ya que se conforman y actúan como centros-expresión. Las cesinpas y la red de ellas evitan el sustituismo interior al hacer imposible la sustantivación del centro. La cesinpa es un laboratorio de autogestión enseñando a los dirigentes a ser base y a la base a cumplir funciones de dirigencia estableciendo así la alianza y unidad de trabajadores manuales en intelectuales.
H. Plataforma de la nueva organización En las grandes luchas probablemente no intervendrán de modo activo y militante todas las víctimas del sistema pero sí lo harán muchos en expresiones de lucha en que se amalgamarán el descontento. En estos extensos sectores, habrá de todo: miembros de partidos, iglesias, individuos sin partido, organizaciones sociales y políticas, etc. La unidad de lucha no puede lograrse de golpe. Tiene que existir, por ello, un grupo menor de individuos conscientes y organizados, que influya acertadamente en él para la conformación de la Nueva Internacional que desplazará al poder establecido y el espacio dejado será asumido con el carácter de autogestión social, iniciando así la construcción del modo de producción autogestionario (bajo la organización autogestiva de combate). La organización autogestiva de combate, lanzará propuestas, ideas, consignas, orientaciones que prenderán en las masas, sí y sólo si son adecuadas a las necesidades e incitadoras a pasar a nuevas fases del complejo proceso que lleva a la “toma” del espacio que ocupa éste. Se trata de un vanguardismo de las ideas (que pueden surgir en cualquier lado), no de las agrupaciones. Para poder cumplir con lo anterior, la agrupación autogestiva de combate debe discutir y hacer suyo sus principios, su programa de acción y sus estatutos El Contrapoder es la oposición organizada al capitalismo. Se diferenciará de los grupos de presión porque al llegar a cierto grado de desarrollo, fuerza y en la coyuntura histórica favorable, estará en posibilidad de hacer a un lado al poder, desestructurarlo y “ocupar su lugar”, sin que esto signifique que el contrapoder se convertirá en poder. Las fuentes o condiciones de dónde habrá de surgir esta oposición organizada que llamamos contrapoder son: a) Del propio capitalismo, el cual se encarga, como ya lo aclararon los clásicos del socialismo, de generar una clase que no sólo es base productiva del sistema, sino que es el sector fundamental que podría destruir este régimen. El capitalismo da a luz la mayor parte de los motivos, las causas, las razones para protestar, organizarse y luchar denodadamente por un cambio. b) Del mismo proletariado y otras víctimas del sistema que responden a las ineludibles injusticias de éste, y que tiene que reaccionar autoorganizándose, para luchar contra la explotación, la corrupción, los atropellos y toda índole de injusticias. c) Del esclarecimiento teórico de su situación. Los conceptos que, comprendiendo la realidad, ayudan a transformarla, son una de las herramientas fundamentales de la revolución deseada. Temas insoslayables de esta teoría son: q Análisis del enemigo q Examen del sujeto potencial de lucha (Proletariado viejo y nuevo, humillados y ofendidos) q De la organización de combate (Cesinpas, red, democracia centralizada) q De las alianzas q De la formación del Contrapoder q De la dualidad de fuerzas q Del modo de producción autogestionario d) De los grupos promotores de la revolución autogestionaria. Cada Cesinpa, no sólo se autoorganiza, se autogobierna y se autovigila, sino que tiene que luchar por extender su propuesta organizativa y reducir así el poder del enemigo. Por eso es importante que surjan cesinpas fundamentalmente promotoras de la revolución autogestionaria. e) De la necesidad impostergable de “ganarle la carrera” a las amenazas reales de guerras, ecocidios, genocidios y otras ominosas posibilidades que podrían destruir en el planeta la vida en general, la existencia de la especie o, por lo menos, crear un nefasto estado de cosas en que se dificulte aún más la lucha de los hombres por humanizarse.
Respuesta a Enrique González Rojo La importancia de comprender la revolución rusa Por Jaime González En el número 36 de Umbral dimos la bienvenida al «Manifiesto Autogestionario» y mencionamos, tal como indica la breve presentación que antecede a dicho artículo, que el autor, Enrique González Rojo, proviene de una larga trayectoria revolucionaria en México. Una lectura cuidadosa y un examen desapasionado del «Manifiesto» son tanto más relevantes porque se trata de una expresión articulada de una forma de pensamiento político que ha ganado la atención, y muchas veces la dedicación y preferencia, de los jóvenes radicales desde principios de la década de los mil novecientos noventa. El «Manifiesto» parte de la necesidad de realizar un cambio radical en el sistema social y económico imperante, el capitalismo global y mundializado, hacia un sistema superior en el que los trabajadores y sus aliados (campesinos, mujeres, jóvenes y otros oprimidos) construyan un «modelo autogestionario». Si por «autogestión» entendemos la administración democrática de los medios de producción y lugares de trabajo en general por parte de trabajadores, campesinos, mujeres, jóvenes, y los demás explotados u oprimidos, y por lo tanto significa el paso de estos medios de producción de manos de la clase capitalista hacia un forma de propiedad colectiva y social, entonces podemos decir que los objetivos centrales del «Manifiesto» y los objetivos centrales de los socialistas revolucionarios (entre los cuales se cuenta quien escribe estas líneas) son los mismos. También quisiera enfatizar que, desde el punto de vista programático de la Liga de Unidad Socialista, tampoco queda la menor duda que el gobierno dictatorial (y «tecnoburocrático», como le llama Enrique), tal como se presentó en la Unión Soviética gobernada por José Stalin y sus sucesores, no es la forma de gobierno a alcanzar. Más aún, por nuestra parte podemos decir que representa una forma de gobierno que es necesario combatir activamente, tal como lo hicieron los miles de socialistas revolucionarios que ofrendaron sus vidas en lucha contra la burocracia estalinista, y de quienes los marxistas revolucionarios nos consideramos como sus sucesores y continuadores. (Aquellos lectores que no esten familiarizados con la lucha de la Oposición de Izquierda contra el estalinismo, los invito a consultar la narración que hizo Isaac Deutscher en Trotsky: El profeta desterrado, publicado por editorial Era en México. Hay también una amplia gama de escritos de Leon Trotsky en castellano, del cual el más relevante al tema podría ser La revolución traicionada, publicada por Juan Pablos.) No conozco en la historia un caso de persecusión y exterminio físico de una corriente política (o, por lo menos, una persecusión a esa escala) como las persecuciones estalinistas contra la Oposición de Izquierda. A la liquidación física de los miembros de la Oposición de Izquierda, el estalinismo añadió la propagación de la calumnia de que se trataba de «enemigos del socialismo» y «agentes del fascismo». Sin embargo, como tarde o temprando tenía que suceder, y también como consecuencias de la contradictoria época que vivimos, no sólo el estalinismo ha sufrido un amplio descrédito sino que hay más oidos abiertos a escuchar las evidencias de la justeza de la lucha de los marxistas revolucionarios por regresar a la URSS a ser una auténtica democracia de consejos obreros y campesinos. Las amargas experiencias derivadas del surgimiento de gobiernos dictatoriales en los primeros países donde el capitalismo fue derrotado, y del hecho que estos gobiernos hablaban a nombre de los trabajadores y campesinos sin permitir una verdadera expresión y representación democráticas, ha conducido a lo que podríamos llamar una «sobrerreacción» por parte de luchadores sociales y anticapitalistas en contra de todo lo que parezca gobierno u organización partidaria. Y, por supuesto, es necesario reivindicar la raíz rebelde de estos cuestionamientos. Pero también debemos confrontar nuestros deseos de alcanzar una emancipación pacífica, lograda mediante la cooperación de comunidades y colectivos, con las enseñanzas de la historia. Después de todo, es tan importante determinar cómo vamos a lograr nuestros fines, como especificar qué es lo que queremos lograr. El acento del «Manifiesto» está puesto en la autonomía de comunidades que colaboran entre ellas sin mayor coordinación que la formación de una red confederada, y Enrique deja entrever que estas comunidades serán las semillas o embriones de las unidades de producción y de trabajo del futuro. Los socialistas no negamos que llegar a alcanzar un estado tan avanzado de autonomía y autogestión es no sólo deseable, sino que representa la meta de alcanzar una sociedad comunista, donde las fuerzas coercitivas del estado hayan prácticamente desaparecido. En su «Crítica del programa de Gotha» (disponible vía internet en http://www.marxists.org/espanol), Carlos Marx lo explica con palabras mucho más elocuentes: En una fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades! La historia, sin embargo, nos ha enseñado que alcanzar tan avanzado estado de cosas no puede ser resultado meramente de la voluntad, y para explicarme mejor voy a exponer el ejemplo de la revolución rusa. Tras el triunfo de la revolución de octubre de 1917, los consejos de obreros, campesinos y soldados (los soviets) establecieron una democracia de los explotados y oprimidos. No se trataba de una democracia meramente retórica, sino que la pluralidad de opiniones, la representación real y la forma de toma de decisiones se realizaban de acuerdo a las formas más avanzadas conocidas hasta entonces. El gobierno soviético, conforme a la voluntad de la enorme mayoría de la población, negoció la paz con Alemania (con quien el gobierno zarista y el gobierno provisional que sucedió al Zar estaba en guerra). También garantizó el derecho de las nacionalidades a separarse voluntariamente (tal como lo hizo Finlandia), o bien a darse el grado de autonomía que sus propios órganos locales decidieran. La profunidad de las medidas revolucionarias emprendidas puede apreciarse en la reforma agraria y en el grado de poder obrero alcanzado en las fábricas. Y, contrariamente a la imagen que han tratado de dar las versiones Hollywood, la revolución inicialmente fue benévola al grado de rayar en la inocencia para con sus enemigos. Los lectores podrán corroborar en la obra del historiador británico E. H. Carr, La revolución bolehvique (1917-1923), publicada por Alianza Editoria (Madrid, 1972) que lo que aquí estoy narrando no es exageración o fantasía. Inevitablemente, sin embargo, la revolución desperto una reacción feroz entre los terratenientes y la burguesía, quienes vieron sus privilengios arrebatados por las multitudes triunfantes. Las potencias de la Enténte (la alianza encabezada por el Reino Unido y Francia) también reaccionarion con violencia, no sólo porque la revolución había pactado la paz con Alemania, sino especialmente por el peligroso ejemplo que un triunfo de los trabajadores y campesinos ponía a sus hermanos de clase en el resto del mundo, y especialmente en Europa. La consecuente guerra civil, que duró desde 1918 hasta 1922, fue uno de los enfrentamientos más sangrientos en la historia: las fuerzas de los ejércitos «blancos» fueron apoyadas económica y militarmente (incluso con el envío directo de tropas) por parte de las potencias imperialistas. Una veintena de países emprendió una guerra no declarada a la naciente Unión Soviética, y la revolución tuvo que armar, en un periodo de unos cuantos meses, un ejército de cinco millones de hombres. La revolución no tuvo más recurso que responder «al fuego con el fuego, y al hierro con el acero». En términos militares, la revolución rusa salió triunfante de la guerra civil. Pero el precio que tuvo que pagar por ello fue terrible: millones de muertos, penurias indecibles (la producción económica había bajado a poco más de una quinta parte de la que había en 1917), buena parte de la vanguardia de trabajadores y soldados de la revolución muerta en el campo de batalla. Y, por supuesto, la democracia soviética tuvo que ser severamente limitada, dado que la fracción menchevique del Partido Obrero Socialdemática Ruso (POSDR) y el Partido Social Revolucionario, que habían sido los principales pilares del gobierno provisional que fue derrotado por la revolución de octubre, se habían pasado al lado de la contrarrevolución. Como bien explica León Trotsky en su autobiografía (titulada Mi vida), la mayoría imperante en los consejos obreros y campesinos no tuvo más alternativa que clausurar los locales y periódicos de los partidos que apoyaban la contrarrevolución, y que se habían convertido en verdaderos baluartes de quienes estaban tronando con sus cañones del otro lado de la línea de fuego. La fracción mayoritaria del POSDR, los bolcheviques (que cambiaron el nombre de su partido al de Partido Comunista poco después del triunfo de la revolución), no era antidemocrática por vocación, ni mucho menos por ideología o formación. Las guerra civil y la dureza de las medidas extraordinarias que tuvo que adoptar el poder soviético para defender la revolución no estaban contempladas en en su programa, sino que fueron consecuencia de la agresión por parte de los ejércitos blancos y de la «santa alianza» que se organizó en contra el triunfo de los trabajadores y campesinos. En un escrito titulado «De la autoridad», y que data 1873, Federico Engels ya había contestado (en tono más bien fuerte) a los «antiautoritarios» de su tiempo: Exigen que el primer acto de la revolución social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su voluntad a la otra parte por medio de fusiles, bayonetas y cañones, medios autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas inspiran a los reaccionarios. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos, por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella? (Obras escogidas en dos tomos, Editorial Progreso, I, p. 617; disponible vía internet en http://www.marxists.org/espanol). No se trata de que lo anterior sea cierto simplemente porque una «autoridad» (es decir, Engels) lo haya dicho; pero invito a quien realmente desee explorar el tema, a revisar lo que ha ocurrido cuando la dirección de un proceso revolucionario prefiere echarse patas arriba en lugar de asumir las inevitables consecuencias de prepararse para defender la vida misma de la población a la que representa. El ejemplo más conocido en épocas recientes en América Latina ha sido la sangrienta represión del régimen pinochetista en contra de la población chilena en los setenta y ochenta. Los problemas que han enfrentado las revoluciones no son triviales, y por lo mismo debemos estudiar y comprenderlas de la mejor manera que tengamos a nuestro alcance. Como ya he explicado, la revolución rusa triunfó militarmente; pero el proceso quedó profundamente dañado, al grado que los dirigentes bolcheviques estimaron que no iba a ser posible que sobreviviera sin el triunfo de una revolución obrera en algún otro país de Europa. La clase trabajadora rusa ya había dado mucho más de lo que humanamente se podría esperar, y los más decididos y participativos de sus elementos ya no eran dirigentes en las fábricas y lugares de trabajo, sino que habían muerto en el campo de batalla, o bien habían sido integrados al aparato de gobierno. Es de fundamental importancia que la jóven generación de luchadores sociales conozca bien la historia de la revolución rusa, porque la historia es la que nos enseña cómo se comportan las fuerzas sociales en la realidad. No se trata de imitar a los bolcheviques, ni siquiera de ensalzarlos (aunque estoy convencido que cualquier revolucionario sincero que estudie y comprenda su historia terminará admirándolos), sino de ver en los hechos cuál es la dinámica real de una revolución. De ese conocimiento no va a surgir un desencanto con los procesos revolucionarios, como superficialmente se pudiera creer dada la burocratización de la revolución tras sobrevivir un ataque tan severo como el que sufrió la naciente Unión Soviética. Más bien, los acontecimientos de 1917-1922 nos enseñan que realmente estuvo muy cerca el triunfo de la revolución obrera en Alemania, con lo cual la revolución no se hubiera quedado aislada en un país relativamente atrasado como Rusia, con nulas posiblidades de lograr por si mismo los índices productivos requeridos para alcanzar un sistema social, económico y político realmente superior al capitalismo. Alcanzar una sociedad sin divisiones de clases sociales y en la cual las instituciones coercitivas del estado hayan entrado en franca extinción sólo puede ser resultado del triunfo de la revolución mundial, porque de otra forma lo que va a resultar son triunfos aislados, constantemente asediados y agredidos, que no van a poder tener el desarrollo productivo y cultural necesario para consolidar un sistema superior al capitalismo. La garantía de la salud y del carácter democrático de una revolución no puede residir en la «autogestión» de comunas de producción y de colectivos políticos; más bien, ocurriría al revés: la garantía de que pueda haber autogestión y democracia tanto a nivel de las entidades de producción como a nivel social reside en la salud de la revolución. El «contrapoder» que propone Enrique no es tan diferente del gran frente de organizaciones obreras, campesinas, pueblos originarios de México, mujeres, jóvenes... que proponemos los socialistas, con la salvedad de que no creo que haya que dictarle a la población las formas de organización que deba adoptar, sino que el frente se realizará con las formas de organización que naturalmente adotan los sectores explotados y oprimidos de la población: sindicatos, comunidades agrarias, comités... Quienquiera que haya vivido movimientos reales de los obreros, campesinos o de los pueblos se dará cuenta de la imposibilidad de la realización del ideal que estos movimientos, por si solos, vayan a formar las redes y federaciones del «contrapoder»: no bien termina de surgir un movimiento de cierta magnitud cuando las fuerzas del PRI, del PRD, de alguno de los partidos registrados menores, o de alguna burocracia charra o neocharra ya están tratando de ganar a los dirigentes, llevándolos a eventos elegantes, acostumbrándolos al lujo, y ofreciéndoles candidaturas para puestos públicos. La burocratización y el conservadurismo que de ella se deriva no es consecuencia, como se cree con frecuencia, de los modelos «centralistas», que inevitablemente conducen a la tiranía. Por el contrario, más bien ocurre que los movimientos dispersos son los que más fácilmente se burocratizan. Para contrarrestar el fenómeno de la compra y engorda de dirigentes, y la burocratización en general, a la cual la clase en el poder en México destina cantidades de dinero realmente estrafalarias, se requiere un partido político bien formado y organizado (y con esto no quiero decir «tiránico» o antidemocrático). Los oprimidos y explotados requieren su propia alternativa política, y no simplemente sentarse a ver cómo los partidos de la clase en el poder continúan manipulando la situación a sus anchas. El reto que tenemos enfrente es enorme, y se puede resumir en las tareas planteados por Lenin en su Qué hacer de 1902: agitar, educar, organizar. Estas no son tareas para una flácida red de comunas y colectivos, sino para una organización revolucionaria con un alto grado de conciencia y formación política. |
Unidad socialista #51 (descargar PDF)
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Exigimos la presentación con vida y en libertad de los detenidos-desaparecidos del EPR; Edmundo Reyes Amaya y Gabriel Alberto Cruz Sánchez. Así como de todas y todos los presos políticos y desaparecidos del país. ¡Vivos se los llevaron vivos los queremos!
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Unidad socialista 51

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